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Historia de una Onza: Periplo de 300 años

Árticulo recomendado: Me llamo Onza. Realmente es un apodo, porque oficialmente tengo un nombre más ampuloso: 8 escudos de oro, ahí es nada. Mi gestación comienza tiempo atrás en una mina de oro allá por las sierras peruanas, no muy lejos de Lima, que llegará a ser mi patria chica; pero veamos cómo me gesté. (por Por Rafael Tauler Fesser www.onzasmacuquinas.com/)

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Provengo de un metal aurífero de una rica veta subterránea hallada a principios del S. XVI a varios metros bajo tierra, como ya he dicho. Pero la amalgama a la yo que pertenezco fué extraída por unos hombres a base de martillo y escoplo a principios del S. XVIII y se trataba de un aglomerado de minerales preciosos, plata y oro, entremezclados con otros menos nobles, como hierro, etc. Así empieza el periplo de mi existencia. Todavía no era nada y deberían pasar muchos acontecimientos para ser quien soy.

Pero no nos adelantemos: esta amalgama argento-aurífera fue conducida en unas carretillas a la luz del sol, al exterior de la mina; allí nos echaron a un tanque con agua y con una especie de molino triturador movido por unos animales llamados llamas, nos hicieron un primer «lavado» del que salió mucho barro, barro que volcaron en otros contenedores y que más tarde revisarían concienzudamente para ver si aún contenía algo del noble metal.

Volviendo al material del que procedo debo decir que, tras este proceso, nuestra amalgama estaba lista para ser purificada al fuego en una primera fundición; más tarde y tras otros complejos trabajos lograron separar la plata del oro y, a mi concretamente, que pertenezco a este último mineral, y que según dicen está en lo más alto de la escala social, me transformaron -junto a todas mis hermanas- y tras otra fundición, en unas barras cilíndricas de unos 30 cm. de longitud y 3,8 cm. de diámetro; a otras hermanas mías les dieron una forma de paralelepípedo trapezoidal al que llamaron lingote y al que imprimieron de forma incusa unos números y unas letras que, por lo visto, determinaban su peso, su ley, etc.

A nosotras no nos marcaron, pero sí nos enteramos de que nos abían proporcionado un pequeño porcentaje de cobre que nos hacía muy resistentes y de una ley excelente.

Los lingotes se fueron dentro de unos grandes arcones con un mercader que, según más tarde supimos, se dirigía atravesando toda la altiplanicie al otro lado del continente, al Océano Atlántico; nuestras hermanas, cargadas a lomos de fuertes recuas de mulas, iban protegidas por decenas de hombres de armas que disuadían de cualquier ataque a los beligerantes salteadores; otras decenas de hombres llamados porteadores se encargaban de que la carga no sufriese percances a lomos de las bestias de carga.

Nosotras, las barras cilíndricas, nos quedamos relativamente solas aunque, para no faltar a la verdad, también nos acompañaban unas hermanas menores que tenían más o menos la misma longitud pero su diámetro variaba desde los 2 a los 3 cm. Nuestro destino sería común y sin demasiadas protecciones nos acarrearon a una Gran Casa que estaba en las cercanías de los hornos donde nos habían fundido y purificado. Aquella Gran Casa poseía un curioso nombre: Casa de Moneda. Era la Casa de Moneda de Lima donde, por aquellos tiempos, se acuñaban todas las monedas del Virreinato del Perú -este Virreinato comprendía lo que hoy son las Repúblicas de Bolivia, Chile, Ecuador y Perú-. En aquella Gran Casa, realmente una fábrica, trabajaban cerca de un centenar de personas, jefes y empleados, todos encargados de que la calidad fuera lo más perfecta posible. Por su relevancia voy a nombrar algunos de los más importantes:

Los grabadores: oficiales encargados de la fabricación de los troqueles o cuños. Para mí, los oficiales más importantes, los artistas por excelencia, los que debían labrar en dos pequeños cilindros de hierro, el del anverso y el del reverso, en incuso, todos los datos que se les requería; y como estos cilindros llamados cuños se desgastaban por el uso, debían ser repetidos una y otra vez. Naturalmente eran muchos los acuñadores o abridores; téngase en cuenta que de la fábrica salían todas las monedas de oro y de plata de todos los valores; en lo que a mi fábrica se refiere se acuñaban, en oro, los valores de 8, 4, 2 y 1 escudos; y en plata de 8, 4, 2, 1 y ½ reales. Los cuños de estas monedas se repetían todos los años (por su cambio de fecha correspondiente) y, como ya hemos dicho, por su desgaste.

 


Los acuñadores: oficiales encargados del complicado proceso de acuñación. Debían vigilar la disposición idónea de ambos cuños, anverso y reverso, para que al recibir el golpe de martillo que habría de labrarnos, la calidad de impresión fuese lo más perfecta posible.

Afinadores y ajustadores: eran los oficiales encargados de la ley y el peso del metal. Y, por último, en la cúspide de la cadena de mando, estaba el Ensayador, que era el funcionario inspector de la Casa de la Moneda, quien verificaba todo el proceso de fabricación de las piezas y que, por razón de su oficio, marcaba con la sigla de su nombre cada una de ellas.

Es decir, que si yo tenía un padre, éste debía de ser el acuñador y el ensayador sería mi padrino, así como mi dueño debía ser el Rey.

Somos una gran familia. Yo soy una privilegiada porque era la de mayor importancia, la de mayor tamaño, la de más peso, la de mayor valor: 8 escudos. Como ya os habréis imaginado, mis hermanas gemelas eran las de mi clase y condición: todas las «onzas» acuñadas bajo el mismo rey, mismo año y mismo ensayador. Mis otras hermanas eran más pequeñas en tamaño y peso: 4, 2 y 1 escudos.

Mis primos eran los reales y estaban fabricados en plata y, también, tenían sus diferentes pesos y medidas.

 


A todos nos unían muchas cosas: primero, nuestro amo el rey que, en mi generación (nací en 1710), era Felipe V de España y de la Indias; segundo, nuestra Ceca (fábrica) que era Lima; tercero, nuestro año de nacimiento; cuarto nuestro padrino el ensayador. Estos cuatro datos son nuestras señas de identidad, nuestro DNI, por el cual siempre seremos conocidas y reconocidas.

En cuanto a los diseños que mostrábamos en nuestro anverso y reverso, eran en todo parecidos para mis hermanas de 4 y 2 escudos; mi hermanita pequeña, la unidad, el Escudo, era diferente.

 

Nota: Esta pieza puede ser localizada en:
http://onzasmacuquinas.com/rafa111.php?anverso=Bowers1710ALim1.jpg

Mis hermanas y yo presentábamos en anverso lo siguiente: en el exergo la leyenda, que rezaba así: + PHILIPPVS V : D G HISPANIAR; en el campo circundado por un círculo de perlas, se halla la Cruz de Jerusalén y entre sus brazos castillos y leones, las armas de Castilla y León.

En el reverso lucíamos: en el exergo la leyenda: ET YNDIARVM REX ANO 1710; esta leyenda se halla interrumpida en su final, correspondiendo con el cénit de la moneda, la corona real, de la que parte otra circunferencia de perlas que envolvía todo un conjunto de simbología y datos reales. En cuanto a la simbología, estaban las dos columnas de Hércules rematadas con unos capiteles corintios en su cima y con la base apoyada en unas olas, que representaban, junto a la leyenda NON PLVS VLTRA, el símbolo del Imperio Español abarcando ambos lados del océano. En los 9 cuadrantes que formaban las columnas atravesadas por 2 líneas horizontales, aparecía, por este orden:

L / 8 / H; L de la ceca de Lima, 8 el valor (8 escudos) y H, el ensayador.
P / V / A; abreviatura de PLVS VLTRA.
7 / 1 / 0; los tres dígitos finales de mi fecha de acuñación.

Las leyendas escritas en el idioma culto (latín) leídas una tras otra significaban, en traducción libre: “Felipe V, rey por la Gracia de Dios, de las Españas y las Indias”.

 

Nota: Esta pieza puede ser localizada en:
http://onzasmacuquinas.com/1rafa111.php?anverso=123aFV-Se1710ALim1.jpg

En cuanto a mi hermanita pequeña, la de 1 escudo, a causa de su tamaño veía reducida su seña de identidad a lo siguiente: En anverso, la orla de perlas que circundaba a un castillo (símbolo de Castilla), a su izquierda la Ceca de Lima L, a su derecha la sigla del ensayador H, y debajo la fecha 710 (de 1710).

En cuanto al reverso: orla de perlas rodeando la Cruz de Jerusalén, entre cuyos brazos hay unos esquemáticos puntos que en realidad debían haber sido lises (flor de lis o lirio, símbolo borbónico). Si había o no leyendas en los exergos, no podemos saberlo pues quedaban fuera de cospel.

Una vez que ya habían fabricado toda la producción demandada desde España a lo largo del año en vigor, empezaba para nosotras otra apasionante aventura.

Cuidadosamente introducidas en bolsas de cuero, que contenían un número determinado de unidades para facilitar el rápido recuento, éramos a su vez introducidas en grandes sacas, o en arcas o arcones de madera, donde asentadas, como aquellos primos nuestros los lingotes y a lomos de mulas deberían transportarnos de un océano al otro, del Pacífico al Atlántico; ello suponía una épica hazaña, como ya hemos explicado anteriormente. Así pues, omitiendo los avatares del largo viaje, llegamos por fin a Portobelo (hoy ciudad panameña). En aquel próspero poblado se depositaba todo el oro y la plata proveniente de las colonias Españolas en Sudamérica. Y nosotras, las peruleras o limeñas, no habíamos de ser menos. Allí permanecíamos bien custodiadas hasta que nos embarcaban desde La Habana, donde se formaba una gran flota de galeones. A veces se reunían hasta doce, unos de carga, otros de guerra con sus cañones, dispuestos a defendernos de nuestros enemigos los corsarios y piratas de la época que anhelaban asaltarnos ante cualquier descuido.

Veamos brevemente cómo se formaba la Gran Flota que debía transportarnos, allende los mares, ante nuestro señor el rey de las Españas.

Las Flotas españolas de los siglos XVII y XVIII tenían una composición específica, que se fue perfeccionando a lo largo de doscientos años de transitar por aguas del Atlántico, del Pacífico y, por tanto, del Caribe. La estructura de la flotilla estaba diseñada para ofrecer la mayor protección posible a los barcos del convoy. La necesidad de protección era primordial para los ricos pasajeros y para los tesoros que portaban las embarcaciones. Y la razón principal de esta necesidad nacía del inmenso potencial de ataque de los navíos de naciones extranjeras comandados por corsarios y piratas.

A la cabeza de cualquier flota española de tesoros estaba el navío al mando, la capitana, a las órdenes de un Capitán-General. Su deber era conducir la flota a buen puerto, al destino previsto y tomar todas las decisiones necesarias del mando. A la retaguardia del convoy iba la almiranta, bajo la autoridad del Almirante de la flota, que era el segundo en la escala de mando. Su posición proporcionaba la posibilidad de mantener al resto de la flotilla en línea, e iba tan bien armado como la capitana. El tercero en el mando era el Gobernador-General, cuya embarcación se colocaba entre la flota, allí donde consideraba el Capitán-General que era necesario.

El resto de la flota se completaba con un séquito de naos (tan grandes como los galeones pero más ligeras y armadas como cargueros), con refuerzos (embarcaciones de suministro de la flota), con pataches (que supervisaban personalmente, yendo en botes a los barcos de la flota), y con avisos (barcos de consejo, recaderos de la flota) más pequeños y más rápidos que el resto de las naves. Los avisos llevaban noticias y órdenes entre las embarcaciones, y también a los puertos.

Una de las flotas era conocida como la «Terra Firma» (Tierra Firme) una flota veloz, apodada Galeones. El cometido de esta armada era partir de España con las mercancías necesarias para las Colonias del continente Americano y recoger los tesoros del Nuevo Mundo junto con cargamentos y pasajeros que regresaban a España desde los puertos de Cartagena, Portobelo y La Habana. La flota Tierra Firme llegaba a La Habana y aguardaba la llegada de otra Flota, la de Nueva España.

 


La Flota de Nueva España que arribaba de México, bajo el mando de otro Capitán-General, también había zarpado de España un año antes que la de Tierra Firme y se había dirigido directamente a Veracruz (México), donde había recogido hombres y mercancías que procedían de Centroamérica.

Así pues, nos hallábamos en La Habana el conjunto de las dos flotas esperando las órdenes pertinentes para surcar los mares y llegar a Las Españas vía Cádiz y Sevilla, para ser distribuidas según las órdenes reales.

Llegadas a nuestro destino final, los valores pequeños de plata se destinaban al comercio y uso cotidiano de mercadería, junto con los maravedíes, acuñados en cobre-bronce, que conformaban el monetario de uso corriente.

Al oro nos esperaban misiones de más alta alcurnia, grandes transacciones, uso por banqueros y grandes comerciantes, instrumento de sustento para las pagas e intendencia de las cotidianas contiendas que siempre afligían a nuestros territorios.
Pero volvamos a mi persona: llegué a manos de sus majestades los reyes de España y quizás porque yo poseía una belleza natural y una acuñación cuasi perfecta, decidieron guardarme en un lujoso estuche, donde estuve protegida durante décadas y generaciones; no llegué nunca a formar parte de una transacción económica, así que a lo largo de tres siglos (1710 a 2010), he pasado de unas manos a otras sin haber sufrido daño alguno que merme el esplendor con el que fui acuñada.

 


Hoy reposo en un antiguo monetario de caoba, acompañada de algunas hermanas y primas de otras cecas y años. Nos lo pasamos bien, charlamos y, sobre todo, nos contamos anécdotas de nuestras experiencias, viajes y avatares. Son muchas las peripecias que entre todas tenemos que narrar, alguna, por ejemplo, ha tenido la suerte de ir y de volver de las Filipinas,

 

Nota: Esta pieza puede ser localizada en:
http://onzasmacuquinas.com/rafa111.php?anverso=013aFIV-An1639AMad1.jpg

concretamente una hermana mía nacida en Madrid en 1639, es decir que es 70 años mayor que yo, conoció al penúltimo de los Habsburgo (Casa de Austria) Felipe IV, y fue con las huestes de éste que navegaron hasta el archipiélago filipino.

 

Nota: Esta pieza puede ser localizada en:
http://onzasmacuquinas.com/rafa111.php?anverso=Aureo1689-8ASev1.jpg

Otra de mis hermanas, nacida en 1688 en Sevilla, cuyo amo y señor fue Carlos II, al que apodaron «El Hechizado» (dicen las malas lenguas que este sobrenombre se lo impusieron por unos problemas urinarios que le impedían cumplir con su obligación de tener descendencia), contaba sus periplos por el Sacro Imperio Romano que no tenían desperdicio.

 

Nota: Esta pieza puede ser localizada en:
http://onzasmacuquinas.com/rafa111.php?anverso=Aureo1709-8ABar1.jpg

Tenemos otra hermana que es sumamente especial, pues le tocó nacer en Barcelona en 1708, en plena Guerra de Sucesión Española (un conflicto internacional por la sucesión al trono de España tras la muerte de Carlos II). Su rey sería el llamado Pretendiente, que no era otro que el Archiduque Carlos (hijo del Emperador del Sacro Imperio, Leopoldo I), al que llamaron Carlos III; sus aspiraciones murieron en el año 1714 que perdió Barcelona, seguida de Mallorca en 1715, pero es interesantísimo lo que narra nuestra hermana sobre los problemas que se derivaron de esta Guerra en los territorios catalanes.

Otras hermanas, concretamente dos mexicanas y tres limeñas, estuvieron sumergidas en el océano 250 años, pues naufragaron en las costas de Florida debido a un huracán que arrasó la Flota que venía a España en 1715 y allí permanecieron, conociendo todos los misterios de la vida submarina, hasta que por los años de 1955 a 1965 fueron rescatadas por unos buceadores, llamados comúnmente Buscadores de Tesoros, que las pusieron a la venta a través de subastas públicas…

Pero no me extiendo más, mucho hay que contar, mucha historia se guarda en este monetario y puede que algún día contemos algo más. Yo sigo escuchando y con esto y lo que disfruto cuando de vez en cuando mi nuevo amo me saca de mi aposento y me acaricia y me mira con mimo me siento dichosa y afortunada y, con un suspiro de satisfacción, vuelvo a mi lecho…

Rafael Tauler Fesser
www.onzasmacuquinas.com